sábado, 3 de mayo de 2014
De Ledesma a Nuñez, en una sola gambeta.
El sol del mediodía Jujeño, es casi imposible de soportar. El calor que despiden las calles y los pasajes de tierra a la hora de la siesta, empuja a todo el mundo hacia adentro, buscando un reparo para evitar la insolación. Solo algunos valientes se le animan al desafiante febo, y se arremolinan todos alrededor de una pelota de cuero, en el campito de la cuadra.
Entre todos ellos, quizás el menos llamativo, esta Ariel. Un pibe humilde, de familia trabajadora, cuya única pasión excluyente, es el fútbol, al que siente desde que tiene uso de razón. De sol a sol, y hasta que su mama lo va a buscar de las orejas, se la pasa pateando de aquí para allá. Pero hay una cualidad que lo destaca por sobre el resto, a pesar de su físico diminuto y su baja estatura: la gambeta.
Es por eso que siempre era el primer elegido a la hora del armado de los equipos que disputarían la supremacía del barrio. Nadie podía adivinar para que lado saldría Ariel. Cuando su marcador elegía la izquierda, el encaraba para la derecha y viceversa. Los pasaba a todos como postes. Cuidaba la pelota como un tesoro, no quería perderla.
Una de esas tardes tranquilas de Ledesma, sucedió algo increíble. En medio del partido, Ariel sintió un estallido tremendo, y vio como los bordes de la cancha se desmoronaban, como si una especie de terremoto de gran magnitud partiera la tierra en dos. Del surco, comenzaron a emerger tribunas imponentes, una tras otra iban surgiendo de abajo de la tierra. La cancha de tierra del potrero, comenzó a poblarse de césped de un color tan verde como jamas había visto. Al mirarse a si mismo, observo que estaba vestido con los colores que siempre había soñado vestir.
Cuando levanto la cabeza, se vio adentro del mismísimo estadio Monumental. Estaba repleto. No entendía nada, pero al ver venir los rivales, vestidos de azul y amarillo, comenzó a correr, a gambetear, a dejarlos en el camino, como aquel colectivo lleno que esquiva las paradas. Uno, dos, tres, iban cayendo frente a la gambeta indescifrable del pequeño oriundo de Ledesma.
En unos instantes, se vio solo frente al arco, el arquero era el único escollo entre su pelota y el gol. Apunto, puso el ojo en el angulo, remato... mientras la pelota viajaba en su destino inevitable, salio corriendo, como festejando por anticipado, cuando....
ARIEL, ARIEL..! DESPERTATE...
LLAMARON DE BUENOS AIRES...
TE LLAMARON DE RIVER.
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